Archivo diario: 30 marzo, 2011

La bitácora

El primer contacto de mi vida con una bitácora, fue en un buque mercante en el que me enrolé como grumete con 12 años, era normal entonces, ahora seria impensable.

Normalmente no salía de la sala de maquinas en la que mi labor consistía en su mayor parte, en ser una especie de criado, al que cualquier descerebrado podía maltratar. Así, desde las seis de la mañana y durante doce horas del día, pero en honor a la verdad, los descansos y turnos de comidas eran vigilados escrupulosamente por los superiores.

No podíamos los grumetes andar por el barco a nuestro antojo, pues las reglas estrictas disponían de dónde y no dónde estar en las horas de asueto.

Tampoco se nos permitía a los grumetes pisar el puente de mando, ese era terreno sagrado para la tripulación.

Tuve la suerte de caerle bien a uno de los mas respetados miembros del buque, el contramaestre, Jacinto “el canario” se llamaba, natural de Tenerife.

Decía que me parecía a su hijo, de casi mi misma edad y que vivía junto a su madre en la ciudad de San Sebastián de la Gomera que era de donde era ella y donde había comprado una casita con jardín y patio.

Me contaba bellas historias de gomeros, del peculiar lenguaje del “silbido” con el que los habitantes de la isla hablaban desde un cerro a otro, del sabor, algo salobre, del agua del pozo donde Cristóbal Colon llenó sus odres antes de partir a la conquista del Nuevo Mundo, de un fabuloso licor conocido como “el gomerón”, “solo los dioses beben algo parecido”, decía ufano.

Un día Jacinto, me dijo, ¡¡vente conmigo, que voy al “puente”!!, le seguí obediente y callado, consciente como era de lo extraordinario de la situación.

Cuando llegamos, después de pedir permiso al segundo oficial, pude temblando y con los ojos como platos ver el mundo de otra manera.

Ante mí y acostumbrado como estaba a la semioscuridad de la sala de maquinas, se abrió otra perspectiva diferente, era como si hubiera subido al centro director del universo.

Y allí estaba ella. Bella. Majestuosa. Mas alta que yo.Con su vestido de madera y su lente de cristal pulido señalando todas las direcciones del planeta, marcando el rumbo y las vidas de los que navegábamos en ese gran buque.

El oficial ni me miró, pero yo en ese momento fuí el chico mas feliz del mundo.

Hoy tantos años después, todavía recuerdo aquellos días, por eso lo cuento, perdonadme, en esta otra bitácora, EL CRISOL DE LA CORDURA.

Paulino Cervantes 2011.

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